Vago perfume de posguerra – Jaime Noguerol}

Vago perfume de posguerra - Jaime Noguerol}

Martes, 11 de mayo

Caminamos mi contertulio profesor y yo hacia la nueva biblioteca de la ciudad bautizada con el acertado nombre de Nós. Va el profesor y me enseña una carta al director del periódico que escribe el profesor Neira enfebrecido contra la avidez de los bancos. El profesor me comenta “Mira alrededor, hay mucho cansancio y lo más terrible es que hay también pereza de pensar”. Le respondo “Los ochenta y seis mil millones de neuronas de cada cerebro es como si fuesen vencidos por la máquina. Como si nuestro cerebro ya no sirviese para caminar por este siglo XXI”. Estamos ya cerca de la nueva biblioteca y el profesor me recuerda “Fue el 8 de diciembre de 1927 cuando la biblioteca estaba instalada en lo que es hoy el Instituto Otero Pedrayo. Hubo un gran incendio, casi todo quedó destruido. Los ciudadanos acudieron en masa pero apenas pudieron rescatar algún valioso libro. Esto lo investigó muy bien Maribel Outeiriño. Se formó enseguida un comité para solicitar libros y dinero de toda Galicia y sobre todo solicitaron fondos a los muchos emigrantes que habían partido para Sudamérica. 

Ilustración: Alba Fernández

Años después, en 1931 ya había sido restaurada y había un fondo de cerca de cuatro mil volúmenes. Es una página triste de la ciudad, hoy olvidada. Ya entonces, Ourense era conocida como capital cultural de Galicia. Escribió Eugenio Montes que fue aquí donde se escuchó por primera vez el nombre de Joyce, Picasso, Baudelaire”. Le respondo “La biblioteca fue sosteniéndose más o menos, hasta que en 1969 Blanco Amor escribió ‘Qué pena de biblioteca, hace frío, no hay apenas luz y hay goteras por todas partes’. Y fue a principios de los 70 cuando se inauguró la biblioteca de la calle del Concejo”. Divagando sobre estos temas llegamos a la biblioteca Nós, allá arriba en San Francisco. Cierto, cómoda, extensa, completa. Vamos, a la altura de cualquier ciudad europea. La directora sabe lo que se trae entre manos. Funcional y silenciosa. Me siento, abro un libro y, de pronto, siento una punzada de nostalgia. Pasa por mis ojos la vieja y entrañable biblioteca de la calle Concejo, donde abrevaron generaciones de estudiantes. Para muchos opositores casi fue un hogar. La vieja mesa de los periódicos, las mesa del mostrador donde quedaban los libros que tenía algo de barra de comercio rural. Los bibliotecarios siempre cercanos al lector. Incluso un guardia jurado ayudaba y recomendaba libros a los novatos. Ay, con frecuencia se cobijaban allí algunos sin techo que con un periódico abierto ante ellos dormitaban. Nadie los molestaba. Las salas ya un tanto desvencijadas. Tan cálida humanamente hablando. Ah, tan rotundamente provinciana. Con su cierre terminó la cultura analógica en la ciudad y aquel vago perfume de posguerra.

Miércoles, 12 de mayo

Hoy he estado en el programa de Enrique Martí Maqueda, “Leer es un placer”, que emite Telemiño. Debe de ser de los pocos programas que reivindican la lectura. Los invitados al programa llegan y recomiendan un libro, hablan sobre él y sus autores favoritos. Todo sencillo y con blues.

Ah, Enrique, ochenta y seis años camino del cielo y ahí está sonriente, afable, en su sillón haciendo entrevistas cada semana. Mira tú, le conocí en el Madrid de los ochenta. Entonces era el realizador más brillante de Televisión Española. Buenos tiempos. Ahí va él por Gran Vía adelante en su deportivo siempre bien acompañado. Hay que joderse, cómo no lo íbamos a envidiar, tenía pasta, era atractivo y estaba al mando de los mejores programas de variedades. Decidió muchos años qué artista actuaría, y a quienes lanzaría al estrellato. Las más bellas mujeres le rondaban, querían promocionarse. Mantiene siempre “Mi padre me enseñó ética y jamás me aproveché de esta situación”. Le dije “Bueno, bueno, Enrique, no sé. Tienes el sambenito de Bárbara Rey”. De aquellas no se hablaba de otra cosa en la casa que de su relación amorosa con la actriz. “Para nada, Jaime, para nada, no era mi tipo, demasiado plana y eso no gustaba a los de mi generación”.

Ha acabado el programa y Enrique y yo estamos en un local del centro de la ciudad. Él se ríe, “No me vengas con ese tipo de preguntas”. Le digo “Venga, Enrique, cuéntame algunos chascarrillos para mi columna, que los lectores andan muy quemados”. Y como el que le pide al abuelo que le cuente sus batallitas, le sugiero “Cuéntame si fueron verdad aquellas llamadas del cabronazo del rey emérito”. Por fin, arranca. Ambos tomamos un vodka que según los rusos hace mover la lengua. “Hacía yo un programa de variedades que se llamaba ‘Palmarés’. Un programa de atracciones en el que tenía mucho protagonismo Bárbara Rey. A veces sonaba el teléfono y era yo quien lo cogía. ‘¿Dígame?’ Y escuchaba una voz algo disimulada pero que yo reconocí desde la primera vez ‘¿Está Marita?’, así la llamaban los amigos. Y yo, que no soy nada monárquico, le espetaba con voz engolada y leve ironía ‘Sí, señor…’. Claro que notaba su desconcierto, pero algunos sabíamos que eran amantes y hasta sabíamos que se citaban en una casa de caminero cercana”.

Enrique conoció muy bien la voracidad de aquellos censores de bigote estrecho y ojillos húmedos. Eran los tiempos de la televisión en blanco y negro. A veces llevaba grupos musicales al programa. Al día siguiente siempre había bronca y don Francisco me reñía en su despacho “Quiero jóvenes músicos aseados, con corte de pelo militar, y no saque usted esos horribles pantalones de campana”. El vodka hace su efecto. “Una vez me la jugué, no te voy a decir el nombre de aquella bailarina flamenca, muy famosa entonces. Me llama en un aparte y más o menos me dice “Don Enrique, noto que los hombres de este país andan muy salidos. Atrévase usted y en una toma enfóqueme las braguitas para que se masturben a gusto”.

“Habrás conocido muchos cabrones en tu profesión, Enrique”. Se pone un poco serio “El más cabrón con mucho fue aquel Chicho Ibáñez Serrador. No te voy a contar lo que me hizo, pero por los pasillos se corrió la voz de que cuando lo encontrara le iba a pegar una patada en los huevos y esas cosas. Era un tipo que copiaba todo, el famoso ‘Un, dos, tres’ lo plagió de una televisión sudamericana. Hizo una serie ‘Historias para no dormir’, también llena de plagios. Un capítulo de la serie estaba tomado casi literalmente de Hitchcock. Sus enemigos urdimos una venganza, el día anterior a que se viese en televisión el capítulo, logramos pasar la película de Hitchcock. No te imaginas qué vergüenza, estuvo días sin aparecer por los estudios”. 

(Venga Enrique, has sido el más grande. Hasta tienes el Premio Talento 2013, no te vayas a enfadar por esta crónica un tanto amarilla y frívola. ¿Lo cuento? Cuánta envidia cochina porque tu pareja era una mujer que nos tenía deslumbrados a toda una generación. Paca Gabaldón. Ay, aquella noche, pasados los años, en París te dijo “Levántate, Enrique, ya no siento nada”. Así me lo contaste y lo cuento. Ellas saben herirnos).

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